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LLooss sseeccrreettooss ddeell GGrraann RReeyy AA. . CC. . BBAALLTTOONN Los secretos del Gran Rey A. C. BALTON 3 1 Nicole estaba leyendo el último artículo que había escrito y estaba punto de entregar a imprenta, sentada en su acogedora oficina situada en un nuevo edificio del barrio financiero de San Francisco. La vista era extraordinaria, pues gozaba de una espectacular panorámica de la bahía. Mucha gente podía pensar que Nicole Wade había conseguido todo en la vida y, con respecto a la vida profesional, era muy posible que tuviesen razón, pero había pagado un precio demasiado alto para conseguirlo. Había sacrificado por completo la vida personal a cambio de una maravillosa oficina, una preciosa casa victoriana en Western Addition y unos cuantos ceros de más en la cuenta bancaria. ¿Había valido la pena? No sabía por qué, pero cada vez se hacía esta pregunta con más frecuencia. Le gustaba el trabajo, ese no era el problema. Desde que tenía uso de razón había querido ser periodista; por ende, trabajar en uno de los periódicos de mayor tirada del país era, sin lugar a dudas, lo que siempre había soñado. Pero, en ocasiones, y en el último tiempo cada vez más a menudo, se preguntaba cómo hubiese sido la vida si, al acabar la carrera, se hubiese casado con Devlin, en vez de dejarlo en manos de su ex mejor amiga. Devlin había sido, sin margen de duda, el amor de la vida. El flechazo se produjo cuando iban juntos al Bachillerato. Vivieron una hermosa ilusión mientras estudiaban en la Universidad. Pero cuando Nicole acabó la carrera, tuvo que elegir entre el amor de la vida o un trabajo en otro estado, que la podía llevar a lo más alto. En aquel momento la decisión resultó fácil, pues siempre pensó que Devlin la Los secretos del Gran Rey A. C. BALTON 4 esperaría siempre y estaba convencida de que una oportunidad laboral tan buena solo aparece una vez en la vida de cada persona. Estaba absorta por completo en estos pensamientos cuando sonó el teléfono. —Nicole Wade al habla. ¿En qué puedo ayudarle? —Hola Nikki. —Un silencio incómodo se hizo al otro lado de la línea. —Rachel, ¿cómo te va? —La voz de Nicole sonó quebrada. No estaba preparada para oír de nuevo a su antigua amiga y necesitó un par de segundos para procesar con la mente las opciones que tenía. —Por favor, no cuelgues —contestó Rachel para anticiparse a la decisión que, con toda seguridad, habría sido la más probable. —Tenemos que hablar. —Creo que ocho años atrás ya nos dijimos todo lo que teníamos para decirnos. —Nunca me dejaste explicarme. —Supongo que encontrarte desnuda en la cama de mi novio me pareció suficiente explicación. —El tono cortante de Nicole dejaba traslucir con claridad que aún no la había perdonado. —No llamo para hablar del pasado, aunque me encantaría que me dejases darte una explicación. Te he echado de menos. —Entonces, ¿quieres decirme para qué demonios me llamas? —Directa al grano, como siempre. —Hubo una pequeña pausa antes de que Rachel se decidiese a continuar. —Necesito hablar contigo de algo bastante importante. Pero no puedo hacerlo por teléfono. Voy a estar en San Francisco un par de días y me gustaría que pudiésemos vernos. —Lo siento, pero estoy muy ocupada. —Por favor, tengo una bomba informativa y creo que si pierdes unos minutos de tu tiempo conmigo vas a agradecérmelo el resto de tu vida. —Será mejor que le des esa bomba a otro periodista, si quieres puedo recomendarte a alguno de mis compañeros. —¿Bomba periodística? ¡Ja! Rachel, la niña mimada de Beverly Hills, consideraría como noticia de importancia mundial que su peluquera faltase al trabajo. —Por favor, no acudiría a ti si pensase que hay otra forma de actuar, pero solo confío en ti. Nikki, mi vida corre peligro, de verdad, tienes que creerme. Los secretos del Gran Rey A. C. BALTON 5 —Tendrías que haber sido actriz dramática. De acuerdo, pero más te vale tener una buena historia y que esto no sea una excusa para remover la porquería del pasado. Hay un pequeño café llamado Bob’s en Union Square. Podemos quedar allí en una hora. —Aunque no tenía ninguna gana de verla, la curiosidad natural fue más fuerte que el resentimiento que sentía hacia ella. Además, ¿qué podía perder? Si la noticia no existía, siempre podía aprovechar el encuentro para decirle las cosas que en aquel momento quedaron por decir. —Gracias, Nikki. Prometo que no vas a arrepentirte. —Por tu bien, espero que tengas razón. —Nicole colgó el teléfono con brusquedad, sin despedirse, con la pequeña satisfacción de que, a pesar de todo lo que su amiga le había hecho en el pasado, una vez más era ella la que decía la última palabra. Nicole dejó lo que estaba haciendo. Sabía que no podría concentrarse en nada hasta tanto averiguase qué estaba tramando su antigua amiga. Entregó el artículo que había estado escribiendo para que lo publicasen al día siguiente y se fue en su Porsche 911 al café de Bob. Por desgracia, le llevó más tiempo aparcar que llegar, pero aun así llegó veinte minutos antes de la hora prevista para la cita. Se sentó en una mesa junto a la ventana de la entrada para ver a Rachel cuando llegara al café. Le gustaba controlar esos pequeños detalles. La camarera la reconoció enseguida como cliente habitual y le hizo una seña con la cabeza para indicarle que iría a atenderla lo antes posible. Pidió un café mocca de chocolate blanco con un trozo de pastel de chocolate casero. Estaba intentando sacarse dos kilos de encima y sabía que no debería caer en la tentación, pero no pudo evitarlo. Claire, la encargada del café, hacía las tartas caseras más ricas de todo San Francisco. Después de hacer el pedido sacó del maxi bolso de Jimmy Choo una novela de Sherrilyn Kenyon y se dispuso a pasar ese lapso de tiempo de una forma inteligente: leyendo. Siempre cuando leía, se concentraba tanto que no se enteraba ni del paso del tiempo. La camarera se acercó para saber si necesitaba algo más. Nikki miró su Cartier y vio que había pasado una hora, tiempo más que suficiente para que Rachel hubiese llegado al café. —No, gracias. Tráeme la cuenta cuando puedas. —De acuerdo. Los secretos del Gran Rey A. C. BALTON 6 Estaba sacando la cartera para pagar cuando oyó el tintineo de la puerta. Dirigió por instinto la vista hacia la entrada y vio a la que había sido su mejor amiga durante la mayor parte de la vida. Aunque se suponía que debía odiarla por lo que le había hecho, un sentimiento cálido e intenso se expandió en el corazón al verla, y dejó escapar una pequeña sonrisa, sin lograr evitarla ni disimularla. Rachel no había cambiado nada. Estaba vestida con unos vaqueros viejos y una camisa dos tallas menores de la que le hubiese correspondido. Se acercó a Nikki y le dio un cariñoso abrazo. —No has cambiado nada. —Oh, Nikki! Tú, en cambio estás hecha toda una californiana. Te juro que si nos hubiésemos cruzado por la calle jamás te habría reconocido. ¿Qué te has hecho en el pelo? Te queda fantástico. Rachel empezó a disparar preguntas como una metralleta sin esperar contestación y a Nikki se le escapó una risita al acordarse de los viejos tiempos. —¿Por qué querías verme? —Nicole la interrumpió. No pretendía resultar fría, pero quería dar a entender a Rachel que la visita era profesional, no personal. Después de todo, ella aún no la había perdonado en el plano personal. Era posible no lo hiciera nunca. —¿Podemos ir a tu casa? —¿Qué? —Verás, tengo mucho que contarte y creo que estaríamos mejor en tu casa. —Lo siento, Rachel, pero no me llevo el trabajo a casa, así que si quieres decirme algo te aconsejo que te des prisa. Has llegado bastante tarde y tengo una cita para cenar —mintió. —De acuerdo. ¿Has vuelto a tener noticias de Devlin? —Creí que no habíamos venido a hablar del pasado, porque si es así prefiero irme a casa. —Nicole comenzó a levantarse de la mesa, pero una mano y la mirada desesperada de su ex amiga la obligaron a sentarse de nuevo. —Está bien, te lo voy a resumir en una frase. Devlin ha intentado matarme. Nicole la miró con suspicacia durante unos breves segundos y después se echó a reír. —Venga ya, Devlin no le haría daño ni a una mosca, y menos aún a ti. Después de todo, eres su esposa —dijo esto último con mucha amargura, Los secretos del Gran Rey A. C. BALTON 7 descargando todo el resentimiento guardado en los últimos años. —Sé que es difícil de creer, pero tengo pruebas. —¿Y por qué demonios no se las llevas a la policía? —Nicole estaba cada vez más confundida por el giro de la conversación y empezaba a sospechar que todo era una charada, que el encuentro no era más que un truco de Rachel para volver a involucrarla en estúpidas maquinaciones. —No puedo, aún no. —Miró alrededor en el café, como si temiese ver al mismísimo demonio allí mismo. Después de comprobar que no había motivo de alarma, continuó hablando—: Nuestro matrimonio fue una farsa desde el principio. Él siempre estuvo enamorado de ti, pero eso ya lo sabes. La noche en que nos encontraste juntos fue la primera vez, yo quería enredarlo y le hice beber bastante, y aun así me costó mucho persuadirlo. Para serte sincera, tengo que confesar que os tendí una pequeña trampa. Nicole no sabía si podía creer en lo que estaba oyendo, pues Rachel siempre deformaba la realidad a su antojo. Pero una parte de ella quería conocer la verdad y saber por qué la habían traicionado las dos personas que más había querido en el mundo. Al ver que Nicole no hacía ningún comentario ni intento de marcharse, Rachel siguió hablando, sin demostrar el menor asomo de vergüenza o pesar. —Sabía que ibas a darle una sorpresa a Devlin, porque llamaron de tu agencia de viajes para confirmar la nueva hora de salida del vuelo que ibas a tomar. Me encontré con Devlin, le conté lo triste que estaba porque mi último novio había desaparecido sin dejar ni tan siquiera una nota, dramaticé. Lo emborraché, lo desnudé cuando ya estaba medio inconsciente y me limité a tumbarme desnuda y esperar a que llegases. —¿Por qué me estas contando esto ahora? —Porque necesito que sepas todo el odio que Devlin siente por mí. Esa noche no hicimos el amor, aunque él siempre pensó que sí. Tú nos encontraste y esa parte creo que ya la conoces. Te fuiste con la elegancia de una reina, sin hacer ningún tipo de escena y yo me quedé ahí para recoger los pedazos rotos del corazón de Dev. Hizo una breve pausa y encendió un cigarrillo antes de seguir. —Los días siguientes fueron bastante confusos. Devlin intentó localizarte para pedirte perdón, pero tú ya no estabas en Nueva York. Tu jefe nos dijo que Los secretos del Gran Rey A. C. BALTON 8 habías dejado el periódico y que no le habías dado tu nuevo emplazamiento. Sin mirar atrás viniste a San Francisco y empezaste una nueva vida, algo que en aquel momento te agradecí con todo mi corazón, pues me serviste a Devlin en bandeja. El resto de la historia se parece a un mal telefilm de bajo presupuesto. Le hice creer a Devlin que estaba embarazada y el pobre hizo lo único honesto que podía hacer: se casó conmigo. —¿Tenéis hijos? —No, esa fue otra de mis mentiras. Solo tuve que fingir un aborto a los dos meses de casarme. —Siempre pensé que eras mi mejor amiga. ¿Por qué me odiabas tanto? —Porque tú lo tenías todo. Cuando acabaste la carrera ya tenías un prometedor trabajo esperándote y a Devlin, fiel como un perro, babeado a tus pies. No te lo merecías, lo dejaste tirado y te fuiste a Nueva York. —Solo era un arreglo temporal —interrumpió Nicole. —No era justo. —La vida rara vez es justa —dijo Nicole con resentimiento—. Te queda poco tiempo, así que ahórrame los detalles escabrosos de tu historia y ve directo al grano. —Devlin, poco a poco, se dio cuenta de mis mentiras y apenas soportaba mirarme. Se dedicó en cuerpo y alma al trabajo. Como ya sabrás, la compañía de software que fundó junto con Derek y Jared es una de las más importantes del país. —Sigo sin saber a dónde quieres llegar. —No sé por qué Devlin no se divorció de mí, pues casi desde el principio de nuestro matrimonio hacemos vidas separadas, aunque de cara al público somos la pareja perfecta. Lo único que compartimos es la casa, y tenemos tantas que la mayor parte de las veces ni eso. Por lo general él reside en Hawaii y yo en Boston. Pero, hace cosa de un mes, fui a Hawaii para colgarme de su brazo en una fiesta benéfica. Estando en casa, descolgué el teléfono para llamar a mi spa y Devlin estaba hablando. Escuché una conversación telefónica de Devlin con otra persona a la que no pude reconocer por la voz, aunque me sonaba familiar. Hablaban sobre un proyecto de negocios, no sé, algo que tenía que ver con alguna cosa que habían encontrado cerca de Kailua Kona. Al principio no le di importancia, pues Devlin adora Hawaii y gasta gran parte de su fortuna en conservar y dar a conocer la historia hawaiana. Pero, cuando iba a dejar el teléfono, la persona con la que Los secretos del Gran Rey A. C. BALTON 9 Devlin estaba hablando dijo algo sobre unos huesos que estaban tan bien escondidos que nadie podría encontrarlos nunca. Me entró el pánico y colgué el teléfono con brusquedad. Supongo que oyeron el clic al caer el auricular, porque desde entonces he sufrido dos atentados contra mi vida. De momento no han conseguido matarme, pero sé que, si no me ayudas, pronto lo harán. —¿Cuáles son esas pruebas que has dicho que tenías? —Tengo una cinta escondida. Esa noche grabé sin querer la conversación telefónica. Sabes lo mal que se me da manejar aparatos, yo quería encontrar el botón para marcar la línea exterior pero grabé la conversación, todavía no tengo idea de cómo hice. —Háblame de esos dos intentos de asesinato. —A pesar de la reticencia inicial, Nikki empezaba a sentir curiosidad por la historia de su antigua amiga. Antes de continuar, Rachel pidió un Martini blanco a la camarera. Nicole pudo notar el ligero temblor de las manos de Rachel y pensó que debía de llevar una vida muy desgraciada para tener que consolarse con la bebida. —El primero fue allí mismo, en Hawaii. Un coche negro intentó atropellarme cuando cruzaba la calle. Me salvé de puro milagro, gracias a un peatón que se tiró encima de mí para apartarme de la trayectoria del coche. —¿Cómo sabes que te buscaban a ti? Quizás fuese un simple incidente de tráfico, como tantos otros que pasan todos los días. —Nicole cada vez creía menos en la fantástica historia, pero continuaba escuchándola por pena y para saber a dónde quería llegar Rachel con un relato tan inverosímil. No creía ni una sola palabra, pero estaba muy intrigada. Volvió a pensar en lo desgraciada y vacía que debía de ser la vida de Rachel para tener que inventarse una historia semejante. —Se dirigía hacia mí, no me cabe la menor duda de ello. Estaba cruzando con el semáforo en verde en un sitio de mucha visibilidad y el coche no frenó en ningún momento. No había forma de que no me hubiera visto. —Rachel la miraba a los ojos en forma directa, suplicando con la mirada que creyera en ella o que, al menos, la dejase terminar de contar su historia. —De acuerdo. —Nicole intentó no parecer escéptica—. Háblame del segundo intento. —Fue hace apenas cuatro días. Devlin me indicó que volviera a Hawaii para que organizase otra de sus dichosas fiestas. Él no estaba en la isla, y no llegaría hasta dos días más tarde, para la fiesta. Los secretos del Gran Rey A. C. BALTON 10 —¿Suele hacer eso en forma habitual? —Sí, él manda y sus esbirros obedecemos. —Casi había acabado la copa e hizo una seña a la camarera para que trajese otra—. Fui en persona a encargar el servicio de catering donde lo hago siempre, a las afueras de Honolulú. Noté que un coche negro me seguía. No sé qué modelo era, pero estoy casi segura de que era el mismo que había intentado atropellarme la vez anterior. Cuando salimos de la ciudad intentó sacarme de la carretera y casi consiguió que me matase. Pero conozco bien ese camino y logré enderezar el coche en el último momento. —¿Le contaste esto a la policía? —Regresé para hacerlo y me detuve en un control de carretera que había entrado en Honolulú. Lo conté todo y ellos me hicieron la prueba de alcoholemia pues pensaron que estaba borracha y que había inventado la historia. —En verdad no sé cómo quieres que te ayude. Sin pruebas no puedo publicar nada y lo que me cuentas no se sostiene demasiado bien. —Sé que te he hecho mucho daño, pero también sé que eres una buena periodista. —Los ojos de Rachel estaban vidriosos, aunque Nicole no sabía si se debía al alcohol o al estado de nervios en que se encontraba—. Prométeme que, si algo me pasa, descubrirás a Devlin. No permitas que ese bastardo me mate y se salga con la suya. —Rachel, siento que tu vida sea un completo desastre, pero no voy a dejar que me metas en tus líos. Para serte sincera, creo que esta historia solo es otro de tus intentos por llamar la atención de Devlin y, por primera vez en mucho tiempo, siento pena por él y asco por ti. No eres más que una mujer resentida y manipuladora. —Nicole no pudo continuar hablando y se levantó para irse sin echar ni tan siquiera una mirada a Rachel. Ahora entendía que la amiga de su infancia había muerto hacía mucho tiempo atrás consumida por los celos y las envidias. Esa persona con la que acababa de hablar era una perfecta desconocida y quería que siguiese siéndolo. —Aún le amas, ¿verdad? —fueron las últimas palabras que oyó antes de salir por la puerta.
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