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AALLBBEERRTTOO VVÁÁZZQQUUEEZZ--FFIIGGUUEERROOAA LA BELLA BESTIA RREESSUUMMEENN Durante una conferencia sobre el futuro del libro digital, Mauro Balaguer, editor de…
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AALLBBEERRTTOO VVÁÁZZQQUUEEZZ--FFIIGGUUEERROOAA LA BELLA BESTIA RREESSUUMMEENN Durante una conferencia sobre el futuro del libro digital, Mauro Balaguer, editor de larga trayectoria profesional, se ve abordado por una elegante y bella anciana que le hace entrega de una tarjeta en cuyo reverso aparece escrito en rojo «La bella bestia», al mismo tiempo que, mostrándole un tatuaje, le comenta: «Fui su esclava y esta es la prueba. Si quiere más detalles, llámeme». Intrigado y fascinado por lo que intuye pueda ser su último gran éxito editorial, Balaguer aplaza todos sus compromisos e inicia una intensa relación con la anciana a fin de conocer una historia única y sobrecogedora: la de Irma Grese, más conocida por «La bella bestia», celadora-supervisora en los terribles campos de concentración y exterminio de Auschwitz, Bergen-Belsen y Ravensbrück. Hermosísima, sádica, violenta y organizadora de miles de ejecuciones de mujeres y niños, Irma tuvo el dudoso honor de ser juzgada, condenada y ejecutada por «crímenes contra la Humanidad» cuando acababa de cumplir veintidós años. La anciana le contará a Balaguer cómo la conoció y cómo la obligó a convertirse en su confidente, sirvienta, cocinera y esclava sexual. CCaappííttuulloo 11 Con demasiada frecuencia demasiados lectores solían pedirle que publicara un libro sobre sus vidas, pero Mauro Balaguer nunca había experimentado el menor interés por tales historias hasta la calurosa noche que le invitaron a pronunciar una conferencia sobre el futuro del libro electrónico y las ventajas o inconvenientes que traerían aparejadas las nuevas tecnologías digitales a un sector demasiado castigado por la crisis económica. Al concluir, y cuando se esforzaba por acortar el fastidioso ritual de estrechar manos anónimas y recibir lo que pretendían ser entusiastas felicitaciones, una elegante anciana que había estado escuchando con especial atención y conservaba parte de lo que debió de ser una excepcional belleza se aproximó con el fin de entregarle una tarjeta de visita en cuyo reverso aparecía escrito en rojo y doblemente subrayado «La bella bestia». —Fui su esclava y esta es la prueba —dijo al tiempo que se bajaba apenas el vestido exhibiendo un pequeño tatuaje en el hombro—. Si le interesan los detalles, puede llamarme. De inmediato se perdió de vista entre los asistentes sin darle tiempo a reaccionar o pronunciar palabra. Al acabar el acto los organizadores de la conferencia le invitaron a cenar al Caballo Rojo, lo cual a su modo de ver constituía un magnífico colofón para cualquier tipo de actividad, pero lo cierto es que ni aun así se le pudo ir de la mente aquella corta y casi increíble frase: «Fui su esclava y esta es la prueba». Y lo que le inquietaba no era la frase en sí misma, sino que hubiera sido pronunciada como si se tratara de una verdad indiscutible. Absurda a su modo de ver, pero incuestionable. Mauro Balaguer sabía mejor que nadie que a causa de la edad algunas personas perdían la cabeza o la noción de la realidad al punto de creerse sus propias fantasías, pero ya en la habitación del hotel llegó a una sencilla conclusión; ningún ser humano sería capaz de crear una fantasía de semejante envergadura a no ser que dispusiera de una mínima base sobre la que sustentarla. Su tren partía al mediodía, pero antes incluso de bajar a desayunar marcó el número de la tarjeta de visita y en cuanto respondieron inquirió: —¿Doña Violeta Flores. . . ? —La misma. —Soy Mauro Balaguer —dijo procurando que su voz no denotara excesivo interés—. ¿Es cierto lo que me dijo sobre «La bella bestia»? —Por desgracia lo es. . . —fue la tranquila respuesta. —Nunca había oído mencionar que tuviera una «esclava». —Pues la tuvo. Tras llevar casi cuarenta años en el oficio y haber trabajado para algunas de las mejores editoriales del país, Balaguer había adquirido fama de hombre pragmático de los que nunca abrigaban la esperanza de descubrir a un autor genial o encontrar un viejo manuscrito anónimo que acabara convirtiéndose en un clásico de la literatura, pero quienes le contrataban lo hacían conscientes de que poseía una extraordinaria habilidad a la hora de mantener una saneada cuenta de resultados a base de acertar de pleno en uno de cada tres títulos que decidía publicar. Gracias a ello aquella mañana consideró que si tan solo existía un hálito de verdad en lo que le aseguraban, valía la pena perder un poco de su tiempo, ya que para eso le pagaban, por lo que pidió al recepcionista que le guardara la maleta y le cambiara el billete para el último tren de la noche. Media hora después penetraba en un hermoso patio que llamaba la atención no solo por el fascinante colorido de las macetas de geranios y los espesos parterres de rosas y jazmines, sino sobre todo porque en el aire flotaba un intenso aroma en el que se entremezclaban infinidad de esencias que se sentía incapaz de diferenciar pese a que al ser duro de oído se preciaba de poseer como compensación un excelente olfato. La anciana le aguardaba acomodada en un blanco sillón de mimbre de alto respaldo sobre el que se posaba un inquieto guacamayo que no cesaba de parlotear, y, en cuanto el recién llegado hubo tomado asiento, inquirió señalando a su alrededor con un gesto de innegable orgullo: —¿Qué le parece. . . ? —Realmente precioso. —Es el patio que más concursos ha ganado en la historia de Córdoba. —Bien merecidos, sin duda —fue la sincera respuesta de quien aún continuaba observándolo todo con sincera admiración—. Había oído hablar de él, pero no tenía idea de a quién pertenecía. —Por el momento a mí. En esta casa han nacido doce generaciones de la familia Flores, soy la última de la estirpe, y en honor al patio a las chicas se las bautizaba siempre con el nombre de una flor —le aclaró su propietaria en un tono levemente burlón—. Que yo recuerde, hemos sido tres Violetas, cuatro Azucenas, dos Amapolas y por lo menos una Lirio, una Magnolia, una Rosa, una Jazmín y una Margarita; los nombres de los chicos los elegían libremente las madres. —Las tradiciones familiares siempre son respetables —replicó su interlocutor por decir algo debido a que se le antojaba un capricho un tanto absurdo. —Era una majadería que consiguió que las mujeres de la familia acabáramos siendo conocidas por «las Capullo». . . —le contradijo ella, y al advertir que se desconcertaba añadió—: Puede tomárselo a broma, pero en una ciudad que tiene fama por la belleza de sus mujeres, «las Capullo» estaban consideradas las más espectaculares y es cosa sabida que mi tía Azucena posó desnuda para Julio Romero de Torres. En secreto, eso sí, pero tal como vino al mundo. ¿Le apetece un café. . . ? Lo sirvió una muchacha uniformada a la que al poco la dueña de la casa hizo un gesto para que los dejara llevándose al viejo jardinero que podaba los parterres, así como al guacamayo, que no paraba de alborotar. Cuando comprobó que se habían alejado, bebió con estudiada lentitud y, con la taza aún en la mano, inquirió: —Supongo que le ha sorprendido que conociera a «La bella bestia». —Mucho —no pudo por menos que admitir el editor sin el menor reparo—. Nunca imaginé que aún sobreviviera nadie de aquella época. —Estoy a punto de cumplir los noventa, y me llevaba tres —le aclaró Violeta Flores sin abandonar su burlona sonrisa—. Le juro que aunque cueste creerlo existe gente aún más vieja. Mauro Balaguer hizo un esfuerzo intentando recordar en qué año había publicado el polémico libro en que se mencionaban parte de los crímenes atribuidos a «La bella bestia», pero tal como solía sucederle cada vez más a menudo, las fechas y los nombres se le olvidaban o se le entremezclaban, por lo que agitó las manos como dándose por vencido al comentar: —Creo que ahorraremos tiempo si me cuenta lo que quería contarme. —Supongo que no necesita que le advierta que tratándose de quien se trata resultará bastante desagradable —señaló sin tapujos su anfitriona cambiando el tono de voz—. Y personalmente me resultará muy doloroso, o sea, que si tiene alguna duda sobre si la historia le puede interesar, preferiría que lo dejáramos ahora. Reservado, adusto, seco y amargado a causa de una desastrosa vida familiar y una difícil situación económica motivada porque en el transcurso de unos años el mundo editorial había cambiado en exceso, el veterano editor había perdido toda esperanza de publicar algún título que superara sus éxitos de antaño, por lo que se concedió unos instantes para reflexionar, ya que le asaltaba la inquietante sensación de que estaba pisando un terreno resbaladizo. Creía recordar que cuanto se refería a «La bella bestia» le había atraído, pero también le repelió hasta el punto de que incluso dudó a la hora de publicar el inquietante libro que detallaba algunas de sus increíbles atrocidades. Posteriormente algunos lectores le comentaron que habían experimentado la misma fascinación e idéntico rechazo, mostrándose incapaces de decidir cuál de los dos sentimientos había prevalecido. —¡Bien. . . ! —señaló al fin concediéndose un paréntesis de tiempo y una vía de escape—. Supongo que si he venido será por algo, y lo primero que tengo que hacer es escuchar al menos una pequeña parte de su historia. La decisión no pareció ser del agrado de su anfitriona, que vaciló unos instantes, pareció a punto de ponerse en pie dando por concluida la entrevista, pero acabó por dejar sobre la mesa la taza de café que aún tenía en la mano y replicar: —¡De acuerdo! Pero le agradecería que en cuanto considere que no le interesa el tema, me lo diga porque lo que en verdad me importa de este asunto es destacar la magnitud de aquellas barbaridades, pues últimamente proliferan quienes intentan que esa clase de aberraciones se repitan. De apariencia mesurada y tranquila, Mauro Balaguer siempre se había sentido seguro de sí mismo, pero en los últimos tiempos dicha seguridad no era más que una fachada y el temor a quedarse de pronto «en blanco» le había obligado a tomar la precaución de recurrir a una pequeña grabadora en la que confiaba más que en una libreta de notas, por lo que la extrajo del bolsillo de la chaqueta y la depositó sobre la mesa al tiempo que señalaba: —Le doy mi palabra, pero debe permitirme registrar lo que vaya diciendo y en cuanto decida que no me interesa, lo borramos y en paz. En esta ocasión la anciana pareció sentirse satisfecha, pese a lo cual observó el minúsculo y sofisticado aparato como si pudiera morderle antes de decidirse a preguntar: —¿Cuánto tiempo puede estar grabando? —Varias horas y en cuanto se va a parar, me avisa. —¡Qué cosas inventan. . . ! Entre eso y las cámaras en miniatura cualquier cornudo caza a su mujer en la cama con otro para ir a contarlo a una cadena de televisión y llevarse un dinero fácil. ¿Dónde ha ido a parar la privacidad? —La privacidad era un lujo que ya no nos podemos permitir. . . —le hizo notar su interlocutor, y en su tono se advertía una ligera impaciencia, puesto que no era de aquello de lo que deseaba hablar—. La tecnología permite llegar a unas galaxias que se encuentran a millones de años luz, pero también permite espiar en el baño de señoras de unos grandes almacenes. Son los tiempos que nos ha tocado vivir y no queda otro remedio que aceptarlo. —Supongo que tiene razón, aunque a mi edad cuesta aceptarlo. . . —pareció resignarse la cordobesa para añadir al poco como quien se lanza al agua—: ¡Vamos allá! Como le he dicho, nací en esta casa, en aquella habitación del piso alto, pero cuando estaba a punto de cumplir once años, mi padre, que había ejercido lo que le gustaba calificar como «puesto de alta responsabilidad política» durante la dictadura del general Primo de Rivera, comenzó a sospechar que se avecinaba una guerra civil, por lo que decidió que nos trasladáramos a Alemania, ya que, siguiendo otra vieja tradición familiar, había estudiado en Berlín y siempre había demostrado una abierta admiración por Adolf Hitler. —Ese sería un buen comienzo para un libro autobiográfico porque pocas personas admiten que un familiar tan directo fuera nazi —señaló quien en su juventud había militado casi en la extrema izquierda, aunque con el paso del tiempo abominara de cuanto se refería a la política—. A mi modo de ver, el hecho de reconocerlo inspira confianza. —Ni pretendo que esto sea un libro «autobiográfico», ni nunca he dicho que mi padre fuera «nazi» —se apresuró a puntualizar su anfitriona visiblemente molesta y quisquillosa—. Tan solo era «fascista», lo cual a muchos les suena igual pese a que existen marcadas diferencias; mi padre nunca odió a los judíos, aunque tan solo fuera por el hecho de que nuestra casa familiar se alza en pleno corazón del barrio de la Judería y entra dentro de lo plausible que por sus venas aún corrieran gotas de sangre de «conversos». A decir verdad, huyó por miedo a que se tomaran represalias por cuanto había hecho durante la dictadura, y ello trajo aparejado que de la noche a la mañana me arrancara de este maravillo— so entorno y me trasladara a un oscuro apartamento en una ciudad en la que cuando no llovía era porque nevaba y además no entendía una palabra. Casi la primera que escuché fue zigeuner, que viene a significar «gitana» o más bien «zíngara», y en la Alemania de aquellos tiempos gitanos y zíngaros constituían el escalón más bajo de la sociedad, justo un peldaño por encima de los judíos. . . —Quedó unos instantes en silencio, con la vista clavada en la pequeña fuente de azulejos que se alzaba en el centro del patio, aunque resultó evidente que lo que hacía era evocar tiempos pasados, y al fin añadió como si costara trabajo admitirlo—: Mi padre necesitaba ver cómo crecía convirtiéndome en una auténtica «Capullo» de cuya belleza tan orgulloso se sentía, aunque evidentemente su actitud resultaba egoísta, puesto que nunca entendió el daño que me causaba obligándome a vivir en un lugar en el que se rechazaba el color de mi piel. A sus ojos yo era una criatura hermosa y adorable; pero en el Berlín de los años treinta, solo a sus ojos. Mauro Balaguer era lo suficientemente inteligente como para comprender que lo mejor que podía hacer era guardar silencio o limitar al mínimo sus intervenciones, actitud que su interlocutora pareció agradecer porque tras servirse una nueva taza de café, que sin duda consumía en exceso, dijo: —Asistir al colegio era un suplicio, ya que casi a diario me enfrentaba a unos niños que llegaban a ser muy crueles en sus burlas porque se consideraban de una raza superior, por lo que mis padres decidieron ponerme una profesora particular, una gordita dotada de una infinita paciencia porque intentar enseñarme alemán era como pretender enseñar a un camello a tocar las castañuelas. —La cordobesa sonrió apenas al añadir—: Y a eso era a lo que me dedicaba; a pasar gran parte del día encerrada en mi cuarto repicando los palillos hasta que me dolían los dedos. —¿Su madre qué opinaba al respecto? —quiso saber el editor, consciente de que era un punto de vista importante a la hora de construir un relato que, pese a que la propia Violeta Flores lo negara, empezaba a adquirir un claro tono autobiográfico. —Mi madre nunca opinaba sobre nada. —¿Y eso? —Servía las mesas en el restaurante familiar el día que un rumboso cliente habitual algo maduro la pidió en matrimonio y aceptó en el acto imaginando que un influyente político dueño de media docena de cortijos y de una de las casas más hermosas de Córdoba le proporcionaría cuanto una muchacha de su condición social hubiera podido soñar. En su defensa debo añadir que tampoco podría haber opinado gran cosa, ya que mi padre jamás admitía una réplica, y menos si provenía de aquella a quien solía denominar «desertora del fregadero». Por las mañanas mi madre se ocupaba de la casa y después de comer se encaminaba a una especie de club social en el que se reunían españolas e italianas y donde jugaban a las cartas hasta la hora de cenar. Su única obligación se limitaba a estar siempre guapa, impecable, asequible y decir «amén» a todo. Tomó de la mesa un abanico y comenzó a agitarlo con la gracia con que tan solo saben hacerlo las andaluzas, y al advertir que su invitado se limitaba a escuchar como si estuviera calibrando cada una de sus palabras, dijo: —El resultado fue que me pasaba las horas «practicando» con los palillos, leyendo cuanto caía en mis manos e intentando aprender un idioma que se me antojaba endiablado. . . —Cerró el abanico como si con ese simple gesto remarcase las palabras al añadir—: Poco a poco mis aspiraciones se limitaron a conseguir que el color de mi piel y mi pelo se aclararan, cosa imposible si se tiene en cuenta que mi padre exigía que me dejara la melena larga y suelta, por lo que me obligaba a sentirme como una mosca en un vaso de leche. Quien la escuchaba con Renovada atención estuvo a punto de comentar sin reparos que su padre se le antojaba un cretino, pero se abstuvo de hacerlo abrigando la seguridad de que ella opinaba lo mismo y se lo estaba dando a entender de una manera menos ofensiva. —Supongo que se quedará a comer porque Fuensanta tiene fama de ser una de las mejores cocineras de la ciudad. . . —comentó la anciana sin venir a cuento, y ante el mudo gesto de asentimiento que siguió al primer gesto de sorpresa, quiso saber—: ¿Qué le apetece? —Cualquier cosa que no tenga ajo. —Difícil me lo pone, pero se hará lo que se pueda. —Agitó la campanilla que se encontraba sobre la mesa y al poco reapareció la muchacha de servicio, a la que le rogó—: Rocío, cielo, pídele a Fuensanta que vaya preparando el almuerzo, pero sin ajo. —¿Sin ajo. . . ? —repitió la muchacha en el tono de quien acaba de escuchar una inconcebible herejía—. ¿Cómo pretende que haga el gazpacho sin ajo, señora? —No tengo ni la menor idea, pero no quiero que nada tenga ni sombra de ajo. ¡Un día es un día! Y por favor, retira las tazas y tráenos unos vinos. Se abanicó de nuevo y aguardó a que los dejaran otra vez a solas antes de decidirse a añadir: —Tal como mi padre sospechaba, aunque creo que siempre tuvo la certeza de que iba a ocurrir, estalló el «Glorioso Movimiento Nacional» y como Córdoba había quedado en poder de los fascistas, al cabo de casi un año decidió regresar porque suponía que Hitler y Mussolini ayudarían a Franco a ganar la guerra y no deseaba que sus amigos le consideraran desertor. —Hizo una corta pausa para inclinar a un lado la cabeza como si estuviera valorando lo que había dicho y rectificar—: Lo que en verdad temía era que si continuaba en Berlín tanto los de un bando como los del otro acabarían quitándole la casa y los cortijos. —Ahora se encogió de hombros como si se estuviera refiriendo a una anécdota sin importancia al puntualizar—: Nunca volvimos a saber de él; años después me comentaron que lo habían fusilado los republicanos, pero no tengo idea de dónde le mataron, ni en qué hoyo lo enterraron. Al fin y al cabo, los huesos no son más que huesos dondequiera que se guarden y a quienquiera que pertenezcan. —La mayoría no opina lo mismo y el culto a los muertos, sobre todo a los antepasados, casi siempre ha estado muy arraigado en un gran número de civilizaciones a lo largo de la historia. . . —le contradijo el editor. —A mi modo de ver, eso se debe a que quienes rinden culto a la memoria de sus antepasados confían en que de ese modo sus descendientes le rindan culto de igual modo a su memoria. —Hasta cierto punto es lógico porque a nadie le apetece caer en el olvido. —No es mi caso porque no dejo descendencia y me indigna la hipocresía de esa gente que clama por encontrar el lugar en que los de uno u otro bando enterraron a sus abuelos, pero ni siquiera se molestan en visitar a sus padres. Durante nuestra maldita guerra civil miles de inocentes murieron porque estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado y no encontraron forma de escapar. . . —Hizo una pausa para puntualizar con sorprendente dureza—: Pero si un hombre abandona a su mujer y a su hija en un país en el que sabe que son rechazadas para acudir a defender unos cortijos o el derecho a v
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