La Montaña del Fénix - Friedrich von Licht

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La Montaña del Fénix Búsqueda y hallazgo de la piedra púrpura de los filósofos. Friedrich von Licht Antes que nada y de todo, quiero dejar clara constancia que la totalidad de lo que aquí leerás, amigo lector, aconteció en la vasta tierra de Morfeo, reino que todos los hombres han visitado, pero del cual ninguno conoce sus múltiples caminos, pues nadie ha recorrido dos veces la misma senda al acceder a este misterioso imperio. Hecha esta sutil aclaración, proseguiré entonces, mi personal relat
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  1 La Montaña del Fénix Búsqueda y hallazgo de la piedra púrpura de los filósofos.Friedrich von Licht A ntes que nada y de todo, quiero dejar clara constancia que la totalidadde lo que aquí leerás, amigo lector, aconteció en la vasta tierra de Morfeo,reino que todos los hombres han visitado, pero del cual ninguno conocesus múltiples caminos, pues nadie ha recorrido dos veces la mismasenda al acceder a este misterioso imperio. Hecha esta sutil aclaración,proseguiré entonces, mi personal relato.Me encontraba aquel día libre de mis labores mundanas, gracias a lascuales sustento mi sencillo existir, día que los antiguos paganosconsagraron al sol y que nosotros llamamos “domingo”. Libre, decía, demis obligaciones diarias ,y después de un bien surtido desayuno,encaminé mis pasos fuera de mi hogar en busca de espacios más frescosy abiertos donde deleitarme con mi vicio preferido: la lectura.Buscaba un lugar agradable donde leer y a mi mente ya había acudido laimagen del sitio ideal: el inmenso parque, lleno de verdes árboles ycésped, que existe cerca de mi casa. Alegre encaminé el rumbo al sitio de  2 mi predilección, como aquel perro callejero que, divisando a lo lejos unahembra de su especie, marca un entusiasta trotecillo en dirección a suobjetivo amoroso.Apenas ingresé al parque divisé a la distancia una frondosa arboleda. Eraperfecta, pues estaba ubicada en céntrico lugar y suficientemente aisladade la ruta de los deportistas de fin de semana, que pretenden purgar suspecados etílicos con el sudor de su frente, literalmente hablando. Sisupieran al esfuerzo innecesario y dañino a que someten su organismo,después de haber abusado de él con alcohol, comida y trasnochada, secuidarían mucho de realizar ese atletismo dominical y tomarían más enserio su cuidado personal. Pero bueno, cada cual con lo suyo, ya laNaturaleza se encargará de pasar factura por las leyes transgredidas.La sombra de los árboles me recibió con su transparente y acogedoraoscuridad. Una brisa agradable, suave y fresca, susurró a mi corazón:ven, siéntate, estás en casa. Acogí con beneplácito su invitación y bajé demi bestia de carga, es decir, yo mismo, mis pertrechos de combate: toallaplayera y cojín. Dispuestos estratégicamente, al pie del grueso tronco deun árbol, me dispuse a tomar cómodo asiento.Ya en mi trono real comencé a leer el viejo y curioso libro que me traíaentre manos. Se trataba de La Historia Cómica del Imperio del Sol, deCyrano de Bergerac, personaje singular de la historia francesa que hapasado a la memoria popular por su gran individualidad, enorme nariz y elbuen manejo del verbo y la espada.Había leído el enigmático trozo que narra el encuentro de Cyrano con elave fénix, y me encontraba en la misteriosa batalla de la salamandra conla rémora, cuando un dulce sopor se posó cálidamente sobre mispárpados. Dejé reposar el libro sobre el pecho y me dispuse, con fruición,sobre mi natural lecho que, sin serlo, se había tornado suave y mullidocon la cercanía del sueño. Las alas de la inconsciencia cubrieron mi almay, muy pronto, me vi libre de las pesadas cadenas que me ataban a latosca racionalidad de este mundo. Capítulo IEL PELICANOEL ESPIRITU QUE VUELA SOBRE LAS AGUAS E l sueño fue corto. Al despertar comprobé con sorpresa que me hallabaen un lugar totalmente diferente del que me había dormido. La fresca yagradable floresta había desaparecido, en su lugar un arenoso e inhóspitodesierto se extendía en todas direcciones hasta perderse de vista. Mepuse de pie y pude comprobar que estaba completamente solo. La aridezdel lugar era soberbia, no sólo por su falta de vegetación, sino por la  3 ausencia total de relieve en todo el paisaje. Por ninguna parte sedivisaban colinas ni montañas, todo era una perfecta planicie arenosa einfinita.El ruido de olas rompiendo en la orilla me hizo salir de mi desérticaestupefacción. Me volví hacia mi espalda y pude ver la playa más extensae interminable que jamás haya visto en mi vida. Gracias a la claridad delaire pude percibir que se extendía hacia la distancia formando una suavecurvatura, que semejaba el amplio abrazo del desierto a la insondablemasa de agua marina que lamía su costa de forma furibunda, y queparecía unirse al cielo allende el horizonte.Busqué mis cosas, es decir, toalla y cojín sobre los cuales me habíarecostado estando en el parque, pero no encontré nada, habíandesaparecido. El libro tampoco se veía en parte alguna. Curiosamentepronto olvidé esta incómoda situación y mi atención se sintió atraída porel mar que bañaba la desértica costa. Pensaba en la extrema inmensidadoceánica cuando una voz sonó en mi cabeza :- Y eso que sólo ves la superficie.Miré hacia un lado y otro para ver quién era el que me hablaba, pero no via nadie a mi alrededor.- ¿Cómo? – exclamé algo confuso. Entonces la voz se volvió a hacer oír.- Digo que sólo ves la superficie del mar y aún así te parece inmenso, tepierdes toda su profundidad, toda la vida y misterio que alberga dentro desí.Me di cuenta que lo que la voz me decía era verdad. Siempre quecontemplé el mar, durante mi vida, no fui consciente de que sólo mirabauna pequeña parte de él, es decir, que mis ojos sólo eran capaces depercibir la apariencia más externa y superficial de su realidad. Unpensamiento fugaz, pero claro, cruzó por mi mente: con las personas nossucede lo mismo, solo vemos su apariencia, lo externo, lo que somoscapaces de percibir con nuestros ojos de carne, pero su mundo interior,sus pensamientos, sentimientos, sus anhelos, odios y temores, todo nospermanece oculto.- ¡Exacto! – exclamó con suavidad la voz -. Así es. Y no sólo las personas,sino la esencia de la vida entera pasa desapercibida por esta incapacidadde ver la profundidad de las cosas y quedarse en la apariencia de losuperficial.- ¿Quién eres? – inquirí -. ¿Dónde estás que no te veo?- Soy el espíritu que vuela sobre las aguas, soy el viento que golpea turostro, soy la gran ave marina que rauda y veloz se acerca a ti desde elhorizonte de la eternidad – dijo la voz.  4 No había terminado de hablar cuando, efectivamente, mis ojos detectaronun objeto, casi un punto blanquecino, que destacándose sobre el grisverdoso del océano se aproximaba a velocidad portentosa a donde yo meencontraba. Cuando estuvo lo suficientemente cerca pude darme cuentaque se trataba de un gran pelícano blanco. El ave dio un amplio giro yllegó a mí desde la izquierda. Su maniobra me obligó a que rotase ensentido contrario a las manecillas del reloj y quedara de espaldas al mar,cuando hacía unos instantes lo contemplaba de frente. Sin embargo, parael pelícano significó enfrentar el fuerte viento marino, con lo cual su vuelose hizo asombrosamente lento y majestuoso. De pronto quedóliteralmente suspendido en el aire, a unos escasos metros de mí, mientrasme clavaba con curiosidad sus penetrantes ojillos y preguntaba :- ¿Qué hace un ser humano en esta árida ribera, entre el desierto infinito yel insondable mar?- Estoy soñando – dije -, pues recuerdo haberme quedado dormidomientras leía y, luego, haber despertado aquí.Un graznido inhumano salió de la garganta del albo espíritu, era unaespecie de grito de euforia y asombro :- ¡Un soñador que sabe que duerme! – exclamó -. ¡Un dormido que estádespierto en medio de su sueño! Pocos son, en verdad, capaces de soñary ser conscientes que sueñan. Y de esos pocos aún son menos los quellegan a esta orilla, etapa intermedia entre dos mundos.Guardó silencio un instante, mientras el viento lo mecíaimperceptiblemente. Finalmente agregó :- Nadie llega hasta aquí si no es para acometer el cruce de las GrandesAguas.- ¿Cruzar a dónde? – pregunté.- Cruzar hasta la Isla del Bienestar, la Isla de los Bienaventurados, comola llaman algunos.Me volví hacia el mar y eché un vistazo. Por más esfuerzo que hice nopude vislumbrar ninguna isla, trozo o franja de tierra en el horizonte. Elgran pelícano pasó flotando suave y elegantemente sobre mí. Noté que noproyectaba ninguna sombra sobre el piso y me pregunté cómo eraposible.- No podrás ver la isla desde aquí – dijo -, está muy lejos.- Y si no se dónde está, ¿cómo llegaré hasta ella? – pregunté.- Yo te serviré de guía – me contestó él.
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